La literatura será mi venganza

Tengo el artero presentimiento de que en algunos años —sino meses— tocaré fondo. Que toda los oscuridad que ahora me ronda no se iluminará sino que se teñirá de un lúgubre más y más sombrío. Siento la desesperanza que acecha mi vida, mis pasos doloridos, mi reclamo a poco ausente por una vida mejor, al menos distinta para bien. Estoy ahogado en mi propia mierda, en la incapacidad perentoria de regular mi vida. Vivo en el engaño ilógico de todo va bien, mientras finjo una forma de vida que no puedo darme. Mi renuencia no es la solución, tampoco mi renuencia hacia ciertos oficios. Estoy más o menos dispuesto a tirar la toalla, a dejar que las aguas de la desgracia aneguen todos mis martirios. Nada va viento en popa, tampoco sobre ruedas. Estoy condenado a la inmovilidad, a la espera de la menos llevadera de las desgracias, el viento que quema y el sol que no arde. Mi destino, si acaso lo azaroso permite pensar en una vida prescrita, está maldito, abocado a la miseria como forma reiterativa de la desgracia, y después la prueba final, la verdadera renuncia a toda esta vida que me he inventado, adiós a los libros, a este apartamento de exaltada vejez; la despedida funesta, adiós a la libertad que creí cosechada y que entonces, cuando todo termine, estará plagada de lo irrealizable. Tentativa falaz, irredenta, obstinada por expiar mis penas, mis acaso irremediables errores. Antes me decía que todo este tiempo habría valido la pena, que el regreso sería con la cabeza en alto, pero ahora el regreso tiene la sonrisa amarga del fracaso, las voces de te lo dijimos, hijo, qué hacías tan lejos, y ahora a tu edad y sin experiencia se puede hacer muy poco.

Pero no regresaré, ya no hay vuelta atrás, no quiero escuchar los reproches de una familia insensata, de la que cada día me veo más apartado por la infinita gracia del tiempo mezclado con la desgracia. Estoy fracasando cada vez más alto, le dije a Esther la última vez que nos vimos, quizás he desperdiciado años importantes de mi vida, todo este tiempo que no me ha sido propicio, vivir en el acostumbrado engaño, y ella pero qué dices, no ha sido tiempo perdido, no has fracasado tan alto, así como tu le dices, el tiempo no pasa en vano, el tiempo imprime una marca en nosotros, no se puede vivir con ese pesado remordimiento. Me puso a pensar, me comparé con el yo más optimista, quien creía que estos años no han sido en vano. Era más joven, igual o más ingenuo, pero con la vida que nunca obtuve hasta llegar al lado de acá. Es el perro negro de la melancolía, me persigue, duerme conmigo todas las noches, me mira desde una esquina del salón ahora que escribo. Me he acostumbrado a esa sombra de lúgubre insistencia, me refleja no como soy sino como quisiera ser. De ahí que siga afirmando de que mi yo es una mentira, un invento de la ficción, una personalidad azarosa e intuitiva que se nutre de todo lo que le parezca conveniente. Acaso los primeros años fueron más sencillos porque las raíces no eran profundas. Tenía muy poco, cosas que podía llevar conmigo si todo fracasaba. Sin embargo ahora he construido una hogar, me he casado sin ceremonias ni compromisos legales, ella está presente y no puedo decidirme a abandonarla sin más, a su suerte, después de tantos años juntos, ya casi cuatro, de apoyo mutuo. Me retienen la raíces muy profundas, incluso un gato, mi biblioteca, las deudas contraídas. No, no puedo entregarme con frivolidad al abandono de todo lo construido, eso es lo que me retiene, ya no llevo la vida mínima de los primeros años, me he asentado en este lugar con cada libro, con cada objeto.

La literatura será mi venganza contra las ofensas de la vida, ese es mi consuelo, que mi escritura, sin pretensiones ridículas, tenga un espacio mínimo en la eternidad, que al menos pocas palabras resulten triunfantes, se mofen del tiempo y su perseverante condición de olvido. Aceptar, de nuevo, que no sirvo para nada, y que por esa razón se me permite ser escritor. La senda se bifurcará, me mostrará un camino menos escabroso, caminaré lento, contaré mis pasos, disfrutaré del paisaje a veces desesperante. El triunfo ajeno no es el mío, yo no soy el otro, ni siquiera es una competencia. Esto es un camino solitario, de ausente compañía, de éxito solo personal y no aclamado por el ojo ajeno. Así mi objetivo es el fracaso, esa es mi mayor tentación, una caída vertiginosa hacia el cielo, hacia la verdad.

Esther tiene razón, tiene la misma juventud que yo tuve, el mismo o mayor impulso, está llena de la vida que en mí parece agotarse. Nada está perdido, la nada es la muerte, la escritura es la vida, la voluntad de trascender, de sacar la cabeza para respirar, no ahogarme en los infinitos motivos de mi desgracia. Porque la desgracia no es esta, la desgracia es la pérdida de los que se quiere, la partida funesta de mis padres, los adioses, la verdadera soledad. Cuando ellos partan me quedaré solo, será la prueba, hablaré con ellos por arrepentimiento, la disculpa por haberlos dejado solos, las palabras de mi padre presentes diciendo he perdido un hijo, ya no está, se me ha ido, pero a la vez un padre orgulloso, mi hijo vive lejos, vive en Francia, estudia allá. Mi padre y mi madre que todavía me apoyan sin saber para qué propósito, tan solo porque me quieren, no hay más motivo que el amor que nos une. Carmen dice que encuentra la fuerza la familia, yo la encuentro a la distancia, saber que ellos viven, dejar de pesar que ayer me quitaba el sueño la idea de que algo malo hubiese sucedido. Sí, anoche pensé que el no poder dormir era consecuencia de una desgracia, quizás alguien había dejado de existir. Alguien importante.

15 de mayo 2021


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