18 de agosto 2022

No quiero, ya que mi amor por papá no tiene límites, escribir hoy papá ha muerto como alusión a la novela de Camus. No quiero que la distancia me prive de la empatía, del dolor que sentirá papá si su pronóstico empeora. Quiero vivirlo de cerca, abrazarlo todos los días, olvidar todas esas mínimas ofensas, mínimas porque son incomparables al cariño que un hijo siente por su padre. Quiero hacer algo grande, que dejé una huella indeleble en la memoria de papá, estos textos como diario tan funesto como fulgurante. Es mi amor en palabras que no bastan, pero que son lo único que puedo dar a los últimos años —espero muchos— de mi padre. Espero poder estar a su lado durante todo el camino hacia la esperanza, presente ante la tragedia o la salvación. El simulacro se me ha cumplido. Ya no resulta un desvarío el funeral de papá, las palabras que pronunciaré como despedida. ¿Acaso este es el preparativo, el borrador para el texto final?


¿Es esto un carta, muchas cartas a papá? Escribo escuchando música triste de piano. Doy largos respiros para impedirme el llanto. Me impido también de sentir remordimiento por haber estado estos siete años lejos. Es ya tiempo irrecuperable, lo único que no puedo revertir, cambiar pero sí enmendar con mi presencia en lo mucho o lo poco que me queda. Acudir al recuerdo como homenaje, revisitar los días felices con papá, cuando de la mano me llevaba los domingos a casa, para descansar. Esos domingos que durante un tiempo fueron hábito. Íbamos al parque, yo andaba en bicicleta mientras él trotaba alrededor de la cancha de basquetbol como calentamiento. Yo dejaba la bici para enseguida tratar de encestar la pelota, papá como mi adversario y mi maestro, distante y a la vez paciente y amoroso. Me decía te quiero todos esos domingos sin decírmelo. Me lo decía con tiempo, jugando conmigo en el parque, tomándome fotos con su vieja cámara; con el helado que me compraba en la Plaza Independencia, las compras que hacíamos en el supermercado y el regreso a casa a media tarde, cuando nos sentábamos a ver una película basada en historias reales, sus favoritas y por ende las mías, sin esas mentiras que el cine se gasta para entretener, decía papá, y que sin embargo también a mí me gustan. Papá era tan feliz como yo frente a la televisión, se emocionaba con las escenas en la pantalla. Recuerdo cómo a veces olvidaba las películas que habíamos visto juntos, negaba con la cabeza cuando yo le decía que ya la habíamos visto. No me acuerdo, decía, y era porque papá se quedaba a veces dormido a la mitad de la película, con escenas que durante la siesta involuntaria se había saltado. Yo cuando niño lo despertaba, le decía no se duerma, papá, y él no estoy dormido, los ojos a medio cerrar, sí estoy viendo la película. Y yo no le creía, pero no insistía más y lo dejaba dormir, está cansado.


Soy ahora ese niño que no quiere dejarlo dormir, que se va a empecinar en que no cierre los ojos, que no deje de ver la película de la vida, esta vez la propia, inspirada en hechos reales. Despierta, papá, no te duermas, no todavía, que yo estoy lejos sí, tengo ya treinta años, pero aún necesito de ti. Y lloro entonces de impotencia, frente al teclado, a partir de la rememoración de la infancia, de los años felices que intento traer de vuelta para que no falten. Mi único regalo para el porvenir, para que papá me lea, para que le también recuerde, para que lea entrelineas el amor inmensurable que su hijo siente. No tengo más legado que mi memoria, mi padre a quien llevo marcado en el rostro, en la mirada y en la forma de sonreír.


Todavía queda tiempo.


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