05 de agosto de 2019

Pero qué páginas matutinas tan nocturnas. Se nota que son mías y se resisten a escribirse por la mañana. No sé si esta decisión, al final premeditada de hacerlo después del medio día o incluso muy entrada la noche, impida su novel propósito, el de vaciarme de pensamientos del día anterior o de este mismo día, a punto de terminarse. He logrado adquirir la herramienta para aislarme del ruido de la casa, el ruido de su presencia que me exaspera sin remedio. Esto no tiene nada que ver con el querer, sino con la convivencia durante estos casi dos años de vida mutua. Es cierto que siempre he pensado que necesito otra vida además de la que tengo con ella. Tener mis propios amigos y el tiempo para hacer solo las cosas que me gustan. Las relaciones así atrapan. Cuando no son los celos es una cierta dependencia huidiza que se apodera de la libertad individual de los involucrados. Por eso me deja tranquilo saber que la aparición de Caina trae algo nuevo a mi vida; aunque sé que su llegada puede ser efímera, como una aparición que me deja entrever que la vida, si es que no tiene sentido, al menos tiene una serie de sorpresas que se confunden con coincidencias.

Por fin hoy hemos dado una fecha: miércoles. Aunque nos falta concretar una hora y un lugar. Para esto soy malísimo. No para acordar una hora para quedar, sino para elegir un sitio que a ella le guste y además le sorprenda. Me hace pensar en las pocas o muchas primeras citas que he tenido. Cuando se piensa en el lugar para salir con una mujer que nos ha prometido el cielo sin ni siquiera un beso como garantía. Así es esto con Caina, no tengo garantías de que no se vaya a ir como lo hizo antes; tampoco de que se vaya a quedar mucho tiempo; o que lo nuestro llegue a convertirse en algo más que una profunda amistad. La verdad es que yo me enamoré en tan solo un día de ella, y todavía me veo andando con ella en las aulas efímeras de la universidad, fingiendo estar interesado por un curso, pero concentrado en sus ojos, sus labios y su voz. Sí, me enamoré en un día, y al final de nuestra cita tácita, un encuentro bien improvisado y primerizo, se me pasó por la cabeza la idea de besarla. Cuán desesperado por encontrar a alguien me encontraba, o simplemente estaba enamorado. Quizás ella sintió lo mismo, pero más surrealista. No recuerdo con exactitud si lo intenté y al final conocí el rechazo, pero me alegro al menos haber intentado crear una historia de amor, o de romance, o de pasión. Incluso la amistad se desvaneció.

No pudimos reencontrarnos en esos días fríos de enero. En ese momento ya no podía fingir mi interés por unas clases para solo pasar tiempo con ella. Se puede decir que soy el mejor para crear situaciones un tanto incómodas, pero no debe menospreciarse el talento que tengo para crear una conversación de la nada. Como esto que hago ahora, un soliloquio, una charla conmigo mismo que bien podría tener tintes de esquizofrenia. Alto. Hablar contigo mismo no es una enfermedad mental. La esquizofrenia es hablar con alguien más que no eres tú. Otras veces no hablas con ellos, tan solo te gritan o te miran todo el tiempo sin darte descanso. Esto lleva de forma irremediable a la locura, y ese momento esa es nuestra única salvación y condena.

Como ahora que yo empiezo a imaginar que mi teclado es un piano y que mis dedos y mis palabras estamos interpretando la música de Chopin. Intento escribir al mismo ritmo que me dicta la música. Por el momento es solo ritmo apresurado. Ahora lento, golpeteos que se asemejan a esas notas que no puedo nombrar pero que podría fácilmente ubicar en el piano. No este piano, pues es tan solo el teclado del ordenador. La música va más rápido y yo me empeño en seguirle el ritmo, pero ahora va lento. Así es como muevo mi cabeza de un lado a otro como si estuviera solo. Sin embargo, no estoy solo y el ritmo comienza a aumentar. Una nota aguda marca el final de la frase. Esa nota debería ser un punto aquí. Punto. Punto. Se ha terminado. Hemos pasado a una pieza menos alegre, menos festiva pero emotiva. Cargada de una nostalgia lenta y a destiempo. Como la vida que llevo, sin grandes cambios y con una rutina constante. Un solo piano que se habla y se responde él mismo. Excelente dialogo entre las notas. Ojalá las palabras pudieran ser tocadas por instrumentos. En realidad, sí pueden ser tocadas e interpretadas. Basta con leer lo escrito, pero pocos leen como se debe. Pocos leen como el texto ha sido escrito. No todos lo proclaman a un ritmo justo y acompasado. Pocos respetan sus acentos y sus silencios. Esos silencios que aquí se tuvieron que llamar y transformar en puntos y comas. Una nota aguda normalmente va acompañada de un signo de exclamación, aunque esa frase puede interpretarse y decirse con un tono de voz siempre distinto. Puede ser que el único que sabe leer un texto como se debe es el autor. Pero tampoco estamos tan seguros de eso, pues yo estoy aquí escribiendo sin saber por qué o cómo lo hago. Tan solo utilizo puntos y comas y desprecio los otros signos de puntuación que deberían ser muy útiles para darle una sensata fluidez a lo que pienso. Pero deben saber que mis ideas no tienen un sentido, tampoco lo que digo pues siempre mi discurso se queda a medias y cambia de un momento a otro como si hubiera dado clic en un nuevo enlace. Eso es lo que me falta, coherencia en lo que digo y también en lo que hago sino todo se irá al carajo. A la chingada, como nos gusta y les gusta decir en México. Ah, qué bella es la chingada, palabra hermosa y romántica que bien puede servir de halago como de insulto.

Chingadas dos páginas, con mucho cariño, ya casi las termino y pronto estaremos con su hermana trilliza, pues todas ustedes son exactamente iguales: blancas. Así que no se jacten de tener diferencias, pues tan solo llevan tatuados mis pensamientos contra su voluntad. Yo sé que les hubiera gustado intimidarme para no escribir nada sobre ustedes. Pero saben que tienen un punto fuerte, y este es el simple hecho de que son infinitas. El papel real se acaba, pero no ustedes, pues virtualmente existe infinitamente. Quién no quisiera ser página en blanco y ser inmortal.

No tengo ideas, estás se me agotan como la energía de los días. Estoy a meses de mis veintiocho años y comienzo a sentir que mi cuerpo me está cobrando la factura. Como hoy por la mañana, cuando me desperté con un dolor muscula extendido de pies a cabeza. No debe ser normal que lo que debe ser un sueño reparador se convierta en una especie de tortura muscular. Mis huesos temen tener una enfermedad irreversible a causa de mis malos hábitos en el trabajo y mis malas posturas. Al menos ya no estoy expuesto a temperaturas cambiantes, entre el fuerte calor y el intenso frio de un momento a otro. Mis manos resienten al cambio drástico de temperatura.

Tengo tanta prisa por terminar que estoy haciendo más párrafos de lo habitual para cambiar de una idea a otra. En esto soy como las redes sociales, no logro concentrarme en una sola cosa, e invado a lector con una tormenta de palabras que seguramente terminara inundando su atención y me abandone sin haber llegado a este punto donde le estoy hablando directamente a quien ha cerrado el libro o el documento para aprovechar de mejor manera su tiempo. Querido lector desconocido, deberías despreciar el tiempo que yo estoy dedicando al potencial tú, pues bien podrías estar leyendo algo que valga el cansancio o durmiendo. Quizás para ti no es importante, pues donde estás es el mediodía, a poco de la hora de comer y hace un sol espectacular para estar en una playa en lugar del café restaurante en el que estás metido por que el azar muy hijo de puta te ha puesto en esa situación porque a mí se me ha ocurrido. Como ahora se me ocurre que te vas al baño, te lavas la cara y te la secas con papel de baño, pues tan solo hay una máquina para secarse las manos. Después de secarte la cara has tirado a la basura el papel de baño y no te has mirado al espejo para comprobar si el papel se te ha pegado a la barba. Y no te has mirado al espejo porque no te gustas y la aversión hacia ti mismo es más grande que la que podría tener una persona que se avergüenza de otra por ser tan pendeja. Y solo te das cuenta de que el papel de baño se te ha quedado en la cada cuando empiezas a rascarte la barba porque una comezón injustificada te ha atacado el rostro. Empiezas a ver cómo la piel seca junto con el papel cae sobre tu camisa, camiseta, playera negras mancha de blanco hasta convertir tu atuendo en una especie de conjunto de piel de dálmata invertida. Miles de puntos blancos dibujan una especie de nieve en ese cuadro andante en que te has convertido. Y piensas en cómo le gente siente nauseas de alguien tan horrible y ridículo como tú. Sin embargo lo que no sabes es que ni se dan cuenta de que estás ahí y que estás tan solo e indiferente ante un público que no te hace caso.


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