Dentro de veinte años

«Bien, ya no tiene que preocuparse por la siguiente vacuna hasta dentro de veinte años». Me dijo el médico al retirar la jeringa de mi brazo. Después dejó bien anotado en mi expediente que la próxima vacuna debía aplicarse a mis cuarenta y ocho años. Ojalá llegase a vivir tanto, doctor. Lo pensé y no lo dije para no pasar por pesimista o por suicida. «Perfecto, gracias» mejor que decir que voy a morir pronto. No es que crea que voy a morir mañana, sino que la incertidumbre sobre el cuándo y el cómo de mi muerte me aterra. Hasta ahora he vivido veintiocho años como si fuesen muy pocos, sin darme cuenta, día a día hasta llegar a esta edad que no parece cierta. Me imaginé a mis cuarenta y ocho años viniendo con el mismo doctor —si acaso él también seguía vivo— para decirle si recordaba que hace veinte años él me puso la vacuna contra el tétanos y la difteria, y en un acto de extrema confianza confesarle que ese día yo no creía poder llegar a vivir tanto, que me veía muerto cualquier otro día por azar y que esta segunda o tercera vacuna en mi vida no habría sido necesaria. Y nos reímos de las sorpresas que da la vida, de tantos años de consulta y que al final no tenemos muchos años de diferencia, los dos todavía en la segunda etapa de la juventud. Todo esto como producto de la imaginación. Apenas es hoy, y hace una hora que regreso de la consulta. Podría comenzar una cuenta regresiva de veinte años y contar los minutos, las horas, los días, los meses y los años hasta que sumen veinte y el momento que nunca creí posible llegue. Todavía tengo que salir a hacer las mismas cosas, el mismo trabajo, el mismo camino, la misma, como si fuera eterna e inmutable, rutina. Dentro de veinte años le diré al médico que ya no trabajo donde mismo, que las cosas han cambiado desde la última vez que la enfermedad me obligó a visitarlo y que ahora trabajo en algo distinto, que soy profesor, traductor, escritor o qué sé yo, un obrero o un mendigo, pero que al menos para mí ha habido un cambio y no para él que me recibe en el mismo consultorio de hace veinte años, con el caminar más lento y con el mismo tipo de zapatillas, misma marca. O quizás todo cambie, y el médico cambie de ciudad de residencia, de consultorio médico; o puede que mi médico de cabecera se muera de alguna enfermedad incurable que afecta solo a los médicos, como una condena, la no poder curarse a sí mismos. Un médico que va donde otro médico cuando enferma.

¿Qué será de mi dentro de veinte años? ¿Es esta mi carta al futuro, al otro yo o al otro que ya no seré? Dentro de veinte años mis padres, si la muerte no se los lleva antes, tendrán ochenta y cuatro años. ¿Vivirán tanto? Yo lo dudo por mí, sin embargo espero que ellos puedan todavía disfrutar de una larga vida sin los achaques de la vejez. Yo con cuarenta y ocho años; Carmen con cincuenta y tres; Javier con sesenta; Alejandro con sesenta y tres; y Elizabeth con sesenta y cinco. Mis dos hermanos mayores, dentro de veinte años, tendrán la edad de mis padres. Nada nos asegura sobrevivir veinte años hasta mi próxima vacuna, hasta mi siguiente obligada cita con el médico.


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